Siempre pensé que no sería bueno escribirte. Quizás por el miedo a que puedas convertirte en algo real más que por otra cosa. Esta cobardía que trato de teñir de absurdo, ya no llena aquel espacio vacío donde reinan las excusas. Ahora estas palabras, casi vomitadas, van tomando forma una tras otra. Las veo enfilarse mientras se preparan para disparar contra esta inmensa pared de prejuicios solidificados por el paso del tiempo y tantas horas sin hablar. Estás ahí sin saber ni importarte que eventualmente estas ideas se desploman sobre estos huesos que caen sobre otros huesos que intentan rearmarse. Un sentimiento nostálgico que hiela la sangre cuando no la hace hervir y reventar como a otros órganos tiñiendo las cavidades. Despertar y lamentarme de que esa mano que acariciaba no se diferenciaba de la mía. Que aquella sonrisa no iluminaba más que una suposición de un presente lejano. Que esta rutina que no encarno ya no es excusa suficiente. Que cualquier mínimo síntoma no es solo sensación. Que el consejo más sencillo es oportunidad. Y que cualquier invitación puede ser propuesta.
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